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domingo, 16 de abril de 2023

PLAZA DE MAYO-ATAQUE-ANIVERSÁRIO * Observatório Proletários - BR

 PLAZA DE MAYO-ATAQUE-ANIVERSÁRIO



70 anos se passaram desde o ataque na Plaza de Mayo contra a CGT enquanto Perón fazia um discurso
A Associação Sindical dos Trabalhadores do Metrô e Pré-Metrô (Agtsyp) colocou hoje uma placa comemorativa em memória dos metroviários mortos na Estação Plaza de Mayo, quando uma bomba explodiu em 15 de abril de 1953, durante um discurso na Casa Rosada, então presidente Juan Domingo Perón..
“70 anos depois do atentado a bomba na estação Plaza de Mayo, descobrimos uma placa comemorativa dos trabalhadores do metrô assassinados”, relataram os delegados em sua conta no Twitter.
O aniversário também foi lembrado pela Secretaria de Direitos Humanos, chefiada por Horacio Pietragalla Corti.
"Setenta anos se passaram desde o ataque na Plaza de Mayo em 1953, quando um comando de oposição ao governo de JD Perón detonou bombas contra os civis reunidos em um ato sindical organizado pela CGT. As explosões causaram a morte de 6 pessoas e mais mais de 90 ficaram feridos", lembrou a agência.
Em 15 de abril de 1953, um grupo antiperonista com militantes da União Cívica Radical (UCR) detonou duas bombas durante um ato sindical organizado pela Confederação Geral do Trabalho (CGT) na Praça de Maio e em sintonia com uma mensagem que deu o então presidente Juan Domingo Perón, da Casa Rosada.
Como resultado, seis pessoas morreram e mais de 90 ficaram feridas, incluindo 19 mutiladas.
Após o massacre, alguns grupos peronistas queimaram instalações identificadas com a oposição antiperonista.
O grupo terrorista era formado por Roque Carranza, Carlos Alberto González Dogliotti e os irmãos Alberto e Ernesto Lanusse, apoiados pelo capitão Eduardo Thölke, que forneceu os explosivos.
O chefe da operação terrorista, Arturo Mathov, teve alguma notoriedade pública quando se tornou deputado nacional pelo radicalismo em 1960. (Télam News Agency)
DOMINGOS PERON ANTIMPERIALISMO
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quinta-feira, 17 de junho de 2021

El rosto indígena de Argentina * Observatório Proletários/BR

EL ROSTO INDÍGENA DE ARGENTINA

 *El rostro indígena de Argentina que se arraiga en 38 pueblos originarios y resiste a la invisibilización del relato oficial*


"En Sudamérica todos somos descendientes de europeos", afirmaba en 2018 el entonces jefe de Estado, Mauricio Macri. "Los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros, los argentinos, llegamos en los barcos de Europa", dijo esta semana el presidente progresista, Alberto Fernández, aumentando la polémica. 


Aquellas declaraciones del líder peronista causan más resquemores por el contexto: fueron en medio de la visita a Buenos Aires de Pedro Sánchez, el mandatario de España, la misma nación que protagonizó el genocidio indígena durante la conquista de América Latina.


Estas frases no solo refuerzan la construcción de un sentido común, de una Argentina blanca y europeísta, sino que invisibilizan y extranjerizan a los pueblos originarios que habitan el territorio, incluso desde mucho antes que al general José de San Martín se le ocurriera lanzar su campaña libertadora. De hecho, en la Revolución de Mayo de 1810, la antesala de la independencia, muchos aborígenes conformaron los ejércitos patrios para combatir al imperialismo de la época.


Si bien es innegable que la recepción de migrantes es una característica casi fundacional e indisoluble de la sociedad argentina, desconocer sus raíces indígenas simplemente sería faltar a la verdad, y los datos oficiales de diversas instituciones públicas así lo demuestran.


_Fuente:_ RT 

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domingo, 9 de agosto de 2020

A Los Compañeros Ex Presos Politicos De La Dictadura * Hugo Soriani / Argentina

A LOS COMPAÑPEROS EX PRESOS POLITICOS DE LA DICTADURA

 

Por Hugo Soriani

 

No nombraré a ninguno porque estas líneas son para todos. Algunos ya no están porque murieron en estos últimos años, y otros murieron en prisión, fusilados por la represión o por la pena.

 

Voy a recordar a los presos políticos de la dictadura militar.

 

Eran más de diez mil personas que habían sido detenidas antes del nefasto 24 de marzo, luego ya no hubo presos políticos, solamente desaparecidos.

 

En esas cárceles convivieron durante nueve, diez, doce años, muchachos de veinte años, pocos más o menos, con hombres de cincuenta, a veces de sesenta, por los que los más jóvenes sentían devoción y respeto ya que venían de otras luchas, sobrevivientes de un país asolado por las dictaduras.

 

Ellos habían peleado contra la de Lanusse, y algunos contra la de Onganía, y contaban experiencias que los más jóvenes escuchaban con avidez, curiosidad e impaciencia.

 

No nombraré a ninguno porque fueron todos, los que hora tras hora, día tras día, año tras año, resistieron en conjunto la política de exterminio que se instrumentó para destruirlos. Los que inventaron un código para comunicarse en el silencio, los que violaron todas y cada una de las consignas y prohibiciones que los guardianes imponían a diario. Los que con valentía, ingenio y audacia inventaron las trampas necesarias para sobrevivir sin bajar sus convicciones.

 

Los que no firmaron ninguna nota de arrepentimiento, pese a las represalias.

 

Los que en la oscuridad de los calabozos de Rawson fueron golpeados hasta desmayarse y reanimados con agua helada en madrugadas con quince grados bajo cero, para luego dejarlos desnudos y repetir la historia al otro día, y al otro, y al otro.

 

Los que denunciaron sus torturas a monseñor Tortolo, en la cárcel de La Plata, y escucharon como respuesta que “Videla es oro en polvo” de los labios del monseñor. Los que escribieron minúsculas notas en finísimo papel de cigarrillos para comunicar al exterior lo que sucedía tras los muros.

Los que en días de hambre compartieron la poquísima comida.

 

Los que golpearon los jarros de metal contra las rejas festejando el triunfo de la revolución sandinista en Nicaragua, en julio del ‘79, pese a los golpes y los gritos de los guardianes, que trataban de impedirlo.

 

Los que lloraron la muerte de John Lennon, en diciembre del ochenta, porque junto a él imaginaron que no eran los únicos soñadores.

 

Los que en la cárcel de Magdalena conocieron en persona la ferocidad del general Bussi, antes de que fuera el célebre carnicero de Tucumán.

 

Los que fueron rehenes en Córdoba durante el Mundial bajo amenaza de fusilamiento, mientras los genocidas se abrazaban con Menotti.

 

Los que fueron sacados del pabellón de la muerte en la cárcel de La Plata, y sabiendo que iban a ser fusilados, se despedían de sus compañeros gritando sus consignas.

 

Los que sobrevivieron en ese pabellón y denunciaron lo que estaba pasando, con riesgo de sus propias vidas.

 

Los que en el patio de la cárcel de Córdoba vieron estaquear y morir compañeros y no bajaron la mirada, como querían los guardianes para humillarlos.

 

Las mujeres presas en la cárcel de Devoto, que durante años resistieron las requisas vejatorias. Esas mismas mujeres que, enteras y dignas, ya libres, escribieron un libro imprescindible: Nosotras, presas políticas.

 

Los que en la cárcel de Caseros vivieron hacinados en celdas miserables, sin saber cuándo era de noche o cuándo de día.

 

Los que no perdieron el humor, sobre todo el humor negro, y se rieron de sus propias desgracias.

 

Los que en julio del ‘83, en la cárcel de Rawson, con más coraje que inteligencia, decidieron acompañar el ayuno que Pérez Esquivel realizaba en Buenos Aires, sin que nadie, pero nadie se enterara de lo que estaban haciendo. Y lo continuaron diez días más que él porque, debido al aislamiento al que estaban sometidos, no supieron que el Premio Nobel ya lo había levantado al conseguir sus objetivos.

Los que escribían poesías malas, pero fueron poetas.

 

Los que se sabían de memoria el Génesis o el Exodo, porque la Biblia fue la única lectura permitida. Y a veces ni eso.

 

Los que cantaron, dibujaron, soñaron y actuaron, inventando la manera de esquivar la muerte o la locura.

 

Los que en todas las cárceles, en todas, sólo tuvieron durante años una pared blanca a dos metros de distancia como único horizonte.

 

Los que durante nueve, diez, doce años no hicieron el amor ni tomaron un vaso de vino o una taza de café.

 

Los que no vieron crecer a sus hijos.

 

Los que salieron con lo puesto y sin tener una casa a dónde ir o un trabajo para mantenerse.

 

Los que fueron recibidos con desconfianza, porque eran sobrevivientes.

 

Los que sentían toda la culpa del mundo por ese mismo motivo.

 

Para todos ellos, presos políticos de la dictadura, que hoy, a treinta y cinco años del golpe militar son testigos de los juicios a los genocidas, militantes en sus barrios, delegados en sus trabajos, funcionarios comprometidos y trabajadores de la política en su sentido más noble, cualquiera sea el lugar donde los haya llevado la vida. Para ellos, estas líneas de recuerdo y de homenaje.

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